Conozco una persona que no le gusta la Navidad, pero ella conoce muchas más. Es una psicóloga exitosa y sus pacientes son ese tipo de gente que uno se imagina más en un Spa que en un consultorio psicológico. Sé que mientras mi mayor preocupación es acertar con el lugar perfecto para el único chirimbolo dorado que tengo ella tiene otras muy distintas. Quizás en este momento acaba de cerrar la puerta de su despacho, pasa delante del portero del elegante edificio donde trabaja, lo saluda y se sube al auto intentando mantener al margen la historia del paciente de la última hora. Porque, por más desconcertante que parezca, en este mismo instante hay personas que, pese a que realmente frecuentan un Spa, pusieron bajo el arbolito el último Nintendo para su hijo y en enero se van a las liquidaciones de Nueva York, lo que intentan rearmar este diciembre no es un árbol ni un pesebre sino un autoestima que se desgrana con cada canción navideña que escuchan en la radio o, en el peor de los casos, que planean brindar el 2011 con un cargado cóctel farmacéutico.
Compañía y soledad. Risas y lágrimas. Son las dos caras de las fechas que se aproximan. Al mismo tiempo que unos experimentan la máxima sensación de plenitud y serenidad junto a sus seres queridos, los niveles de depresión y la tasa de suicidios alcanzan sus niveles más agudos. La Secretaría de la Salud de Tabasco, México, dio a conocer que en diciembre se producirá un aumento del 5% en sus tasas de suicidio. Especialistas de Puerto Rico también prevén un incremento, junto con otros de España y EEUU. Nuestro país no ha dado a conocer cifras aún pero se ha creado una línea telefónica 24 horas llamada Último Recurso (0800-8483).
Que coincidan en tan pocos días los picos más altos y los más bajos de felicidad no es casualidad. El fin de año nos enfrenta a nosotros mismos y hace que, aún inconscientemente, evaluemos el debe y el haber de los meses que dejamos atrás.
Por estas fechas hay quienes presenten síntomas idénticos a una depresión común, aunque normalmente no la padezcan: tristeza prolongada, melancolía, insomnio, ansiedad, una visión netamente negativa de lo que les rodea y apatía generalizada a la hora de emprender casi cualquier tarea. Pero atención, debemos diferenciar la nostalgia natural de las fiestas, que se mezcla con cansancio, calor y el desenfreno de trámites imprevistos con la condición de la que hablamos. En ésta última los síntomas prevalecen durante varias semanas y presentan dificultades reales para la vida diaria de quien la sufre.
Los factores que encienden este trastorno en personas sin antecedentes depresivos y que agravan la condición en las que naturalmente tienden a ella (según la Organización Mundial de la Salud (OMS) un 10% de la población mundial sufre algún tipo de trastorno psiquiátrico) pueden ser:
-Recuerdos de seres que fallecieron o que están lejos. Es normal que las ausencias se acentúen en épocas festivas, pero no que nos obsesionemos a tal punto de no poder disfrutar de las celebraciones pensando únicamente en la persona que no está.
-Recuerdos de acontecimientos negativos del pasado o vividos en estas mismas fechas otros años. Focalizarnos en las cosas que salieron mal, en decisiones equivocadas, en sucesos dolorosos y en metas que quedaron sin cumplir trae consigo frustración y tristeza.
-Estar lejos del hogar sin posibilidad de volver a celebrar con los nuestros. En este caso, el miedo a la soledad y al cambio nos impide disfrutar de las novedades a nuestro alrededor.
-Dejarse llevar por la publicidad. Para aumentar nuestro consumismo, los medios imponen sutilmente un modelo de felicidad que consiste en la ausencia absoluta de problemas laborales, conyugales, sociales o económicos.
- Verse atrapado en la vorágine consumista, que contrasta con la situación real de muchas familias que no pueden regalar todo lo que quisieran o no acceden a organizar una gran celebración.
La psicóloga Alicia Bajac añade lo siguiente:
“Además de la evaluación anual y depresión concomitante, observo algo más: rabia. Esta rabia la genera la frustración de no tener o pertenecer a la clásica "familia feliz". Por más que se lo quiera tapar con los regalos y más allá de su significado religioso, las fiestas, sobre todo las navideñas, están asociadas a la unión familiar. La obligación de celebrarlo todos en un mismo día y de una misma determinada manera, hasta con los mismos ingredientes culinarios (cuándo ponemos nueces, cuándo champagne, turrón o pan dulce) nos enfrenta a nuestra realidad familiar.
Últimamente somos protagonistas de un cambio en la familia que nos deja con un sinsabor que colabora en este tipo de depresión. Las fiestas nos enfrentan al cómo fuimos este año al grupo familiar al que pertenecemos: muchas veces una realidad obligada que durante el año podemos no sentir”.
Podemos vernos influidos por varios o todos de estos factores, dependiendo de nuestra realidad particular y de nuestra personalidad. Pero como nota común, todos ellos implican la incapacidad para apreciar el lado positivo que se esconde en cualquier situación, aún en la más adversa.
“Depresión navideña”, “el blues de Navidad”, “depresión anual”, “depresión estacional” y hasta “fenómeno Grinch”. Muchos artículos y sitios web que ya han bautizado este fenómeno proponen una serie de tips, con la misma naturalidad con que a continuación enseñan a poner las servilletas en la mesa festiva. Las recomendaciones para superar esta paradójica tristeza se resumen en serenarnos, aplicar objetividad y una gran dosis de optimismo. Por ejemplo:
+ Convertir la nostalgia por los seres perdidos en recuerdos entrañables. Acordarnos de acontecimientos cómicos, de detalles de cariño y de la forma cómo esa persona estaría viviendo este momento. Además, hablar de ellos con soltura y sin tabúes. Si tenemos fe, también renovar la certeza de que algún día los volveremos a ver y que ellos siguen acompañándonos, aunque de otra manera.
+ Expresar los sentimientos. Podemos abrir nuestro corazón a un ser cercano, a un especialista, a familiares o a nuestros amigos. “Nadie es buen juez en causa propia”: en adición a que una pena compartida pesa la mitad, se trata de contar con observadores externos que aportan una visión más imparcial y menos trágica de nuestra situación. También podemos escribirlos. Si nos sirve, se puede hacer una lista de dos columnas con los elementos positivos y los negativos, y al final hacer un recuento equilibrado.
+Evitar compararse con los demás. Es una tentación peligrosa compararse tanto con gente real como con los modelos que nos venden los anuncios comerciales o las películas, donde por lo general nadie tiene problemas tan graves como los nuestros.
+Dormir bien. Distinguir cuándo nuestro estado anímico significa depresión y cuándo significa cansancio ayuda a no caer en el círculo vicioso de deprimirse por el propio hecho de estar deprimido.
+Hacer deporte. Es un hecho más que conocido que el ejercicio favorece la secreción de endorfinas, esas “hormonas de la felicidad” que nos ayudan a sentirnos bien.
+Ser creativo. Gastar en regalos y en comida no asegura el éxito. Nos sorprendería constatar que a la mayoría de la gente le gusta más comer una buena carne al horno que un fino aspik de verduras, o que un regalo útil es mejor recibido que un adorno imponente.
+Darse a los demás. Un gran personaje dijo una vez que las personas sin problemas personales son las que no piensan en sí mismas. Se puede concretar la llamada telefónica a ese enfermo que necesita una palabra de aliento, a esa amiga que está pasando por un momento difícil o concentrarse en pequeños detalles que hacen la vida más agradable a nuestro alrededor, como sonreír o cuidar los modales. Si se quiere dar un paso más, comprar un pan dulce y regalarlo en un hogar de ancianos o de niños significará una gran alegría para personas que realmente están solas.
Alicia Bajac aconseja:
“Las fiestas hay que vivirlas con optimismo en el futuro que podemos construir, con creatividad para lograrlo y con aceptación de la familia a la que pertenecemos. De una u otra manera, ésta sigue siendo la base de la sociedad. Como anécdota, no es casual que las personas que se salvan de una tragedia lo primero en lo que piensan es en la familia. Por algo será”.
Habría que recordar que a menudo nuestros peores enemigos somos nosotros mismos. A veces interpretamos como fracasos lo que deberíamos identificar como un nivel de expectativa demasiado alto. No quiere decir esto que haya que ser mediocre, sino que debemos invertir nuestra exigencia y perfeccionismo en donde verdaderamente importan. Exijámonos, por ejemplo, ser amables en vez de dejarnos llevar por el nerviosismo de fin de año, perdonar las ofensas recibidas en estos últimos meses, ser agradecidos con lo poco o lo mucho que el año nos brindó, recuperar amistades o elevar nuestro nivel espiritual y cultural durante las vacaciones de verano. Por último, además, no debemos sentirnos víctimas impotentes de un escenario que no controlamos sino tomar las riendas como actores libres de todo cuanto acontece. De esta manera, podremos regalarnos un poco más de la paz que necesitamos y observar esta época desde una perspectiva más sana. Las fiestas son celebraciones de la esperanza, porque nos brindan la oportunidad de hacer un alto en nuestros ajetreos diarios, evaluar nuestra trayectoria y empezar de nuevo con la cabeza en alto todas las veces que haga falta.





